Por Marco Antonio Cortez Navarrete.-Me encanta el fútbol. Lo confieso sin pudor, como se confiesa un viejo amor que nunca se ha ido. Desde aquel 1970 en que México fue sede por primera vez de un Mundial —ese torneo donde Edson Arantes do Nascimento, Pelé, dejó tatuado para siempre su nombre bajo la corona de O Rei— quedé prendado de esa liturgia del balón que cruza el pasto y de los héroes que lo persiguen como si persiguieran la eternidad. Desde entonces sigo los grandes certámenes: la UEFA que es un poema de precisión, la Libertadores que es un grito sudamericano de fuego, las ligas inglesa, española, italiana… territorios donde el fútbol sigue siendo un idioma, una épica, una fe.

Y entonces surge inevitable la pregunta: ¿Y la Liga Mexicana? ¿Y mis Pumas, los Tigres, los Rayados, el Toluca, las Chivas y el amado-odiado América?

La respuesta no requiere pausa ni dramatismo: en México, el fútbol dejó de ser deporte hace mucho. Aquí es un negocio. Un artefacto de mercadotecnia que explota la devoción del aficionado. Un espectáculo donde el dinero dicta, compra, decide, acomoda, y al final, como siempre, gana.

El deporte que no existe: solo el negocio

Mientras unos pocos equipos apuestan por cantera —UNAM, Pachuca y quizá algún otro valiente que resiste la tentación del talonario— la mayoría se mueve al ritmo de la chequera y no del balón. El futbolista mexicano no se forma: se compra. El proyecto deportivo no se construye: se improvisa. Y así, cada seis meses, el fútbol mexicano se reinventa como un casino donde la ilusión siempre paga, pero nunca cobra.

Y ese mismo modelo, de espejismos comerciales y sueños rentables, es el que llega como tsunami cada cuatro años con la Selección Mexicana. Ahí sí, la maquinaria se pone en marcha: comerciales lacrimosos, campañas patrioteras, himnos épicos, frases gastadas. Se nos vende la idea de que “ahora sí”, “esta es la buena”, “este grupo tiene el ADN ganador”. Y México, país del corazón noble y la esperanza infinita, abre la cartera emocional una vez más.

¿Pero qué dicen los números?

Desde 1970, los datos oficiales del desempeño de México en los Mundiales dibujan otra historia, una sin maquillaje ni anuncios de cerveza:

1970 (México) – Cuartos de final. Derrotado 4-1 por Italia. Primer gran sueño roto.

1974 (Alemania) – No clasificó.

1978 (Argentina) – Eliminado en fase de grupos. Tres partidos, tres derrotas.

1982 (España) – No clasificó.

1986 (México) – Cuartos de final, la mejor actuación junto a 1970. Eliminados en penales por Alemania Federal.

1990 (Italia) – México estuvo suspendido por el caso “Cachirules”.

1994 (Estados Unidos) – Octavos de final. Eliminados por Bulgaria en penales.

1998 (Francia) – Octavos de final. Derrota 2-1 ante Alemania.

2002 (Corea-Japón) – Octavos de final. 2-0 contra Estados Unidos, la herida que sigue ardiendo.

2006 (Alemania) – Octavos de final. Eliminados 2-1 por Argentina en tiempos extra.

2010 (Sudáfrica) – Octavos de final. De nuevo Argentina, de nuevo eliminación.

2014 (Brasil) – Octavos de final. Derrota 2-1 ante Holanda: el “No era penal”.

2018 (Rusia) – Octavos de final. Y otro adiós, ahora a manos de Brasil.

2022 (Qatar) – Eliminación en fase de grupos, la mayor caída en casi medio siglo.

En resumen: Desde 1970 México solo ha superado la barrera de los octavos de final dos veces: 1970 y 1986.

Las últimas siete participaciones consecutivas terminaron en la misma ronda. Una repetición casi burocrática de la derrota. Una promesa incumplida que se volvió sistema. El país de las ilusiones que regresan y regresan

Cada cuatro años, México se mira en el espejo mundialista y reconoce, al principio, a un gigante en ciernes. Pero el reflejo se desmorona con el primer balón equivocado, con la falta de proyecto, con el negocio disfrazado de patria. Y el golpe de realidad llega como llegan los finales de sexenio: después de picos de esperanza, aparecen las cuentas, las fracturas, las verdades incómodas.

México, país de ilusiones perpetuas: en la política, en el fútbol, en la idea de que “ahora sí, ahora sí viene el cambio”.

Pero el cambio, como el quinto partido, nunca llega.

Lo que sí llega, impecable como reloj suizo, es el regreso a la realidad. Una realidad que nos recuerda que vivimos entre campañas de ilusión y administraciones de desencanto, entre proyectos incompletos y sueños que se desvanecen como la espuma cuando se agita demasiado.

Y aun así, ahí estamos: encendiendo la televisión, comprando la camiseta, con la garganta lista para gritar un gol que no sabemos si llegará. México es así: un país que no se rinde, aunque el sistema haga todo para que se rinda.

Quizá eso, y no otra cosa, es lo que nos mantiene de pie. El mismo espíritu que nos hace amar el fútbol aunque aquí, en casa, sea negocio antes que deporte.

El mismo espíritu que nos hace creer que algún día, como Pelé en el 70, podremos por fin tocar la gloria. Sin anuncios, sin campañas de ilusión, sin mentiras. Solo balón, alma y verdad.

México: el país de las ilusiones perpetuas (y del balón que nunca cruza el umbral)

Por Manuel Cauich Verde

Director del Informativo Al Interior en Vida nueva radio 101.9 de FM en Vida Nueva Radio