La reciente polémica protagonizada por la influencer conocida como Elisa La Yuca, quien ingresó y transmitió desde una zona de anidación de flamencos en Sisal, detonó una rápida reacción de autoridades estatales y federales, que ahora han reforzado restricciones en la Reserva de la Biosfera Ría Celestún. Sin embargo, esta respuesta ha sido señalada como tardía y parcial, al centrarse en el control del visitante común mientras se ignoran problemáticas más profundas que amenazan a esta especie protegida.

Dependencias como la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas han colocado señalética y reforzado el llamado a no ingresar a zonas restringidas durante la temporada reproductiva del flamenco rosa del Caribe (Phoenicopterus ruber), enlistado en la NOM-059-SEMARNAT-2010.

Las recomendaciones incluyen evitar ruidos, no acercarse a las aves, no usar drones ni flash fotográfico, y reducir la velocidad de embarcaciones. Incluso se advierte que perturbar estas zonas constituye un delito federal. No obstante, para diversos sectores, estas medidas evidencian una estrategia reactiva más que preventiva.

Y es que mientras se endurecen restricciones para turistas y creadores de contenido, persisten denuncias por la falta de vigilancia efectiva frente a la invasión de manglares, la tala inmoderada y la alteración del ecosistema en distintas zonas costeras de Yucatán. Activistas y especialistas cuestionan por qué estas acciones, que representan un daño mucho más severo y permanente al hábitat, no reciben la misma atención ni contundencia por parte de las autoridades.

En Celestún, donde se ubica una de las principales colonias de flamencos del país, la presión humana sobre el entorno ha ido en aumento, tanto por actividades turísticas desreguladas como por cambios en el uso de suelo. A pesar de ello, los operativos de vigilancia ambiental suelen ser esporádicos y limitados.

El caso de la joven yucateca ha servido como catalizador mediático, pero también ha expuesto una realidad incómoda: la protección de especies emblemáticas como el flamenco parece activarse solo ante el escándalo público, mientras que las amenazas estructurales continúan avanzando sin el mismo nivel de respuesta institucional.

Especialistas advierten que la reproducción del flamenco depende de condiciones extremadamente específicas, por lo que cualquier alteración —ya sea por presencia humana indebida o por degradación del hábitat— puede provocar el abandono de nidos y la muerte de crías.

Así, mientras se multiplican los letreros de “prohibido el paso” y las campañas de concientización para visitantes, crece la exigencia ciudadana para que las autoridades no solo regulen al turista, sino que también asuman con firmeza la defensa integral de los ecosistemas, atacando de raíz problemas como la deforestación, la expansión irregular y la falta de ordenamiento ecológico en zonas protegidas.

La conservación del flamenco en Yucatán no solo depende de evitar selfies imprudentes, sino de una política ambiental coherente, constante y sin selectividad.

Por Manuel Cauich Verde

Director del Informativo Al Interior en Vida nueva radio 101.9 de FM en Vida Nueva Radio