Por Marco Antonio Cortez Navarrete.- En Yucatán, el agua parece abundar. Basta abrir una llave para sentir que el líquido brota desde el corazón de la tierra con generosidad infinita. Pero la realidad —como casi siempre ocurre con lo esencial— está llena de grietas.Según cifras oficiales de la Junta de Agua Potable y Alcantarillado de Yucatán (JAPAY), la ciudad de Mérida produce 5,688 litros de agua potable por segundo, pero pierde cerca de 3,300 litros cada segundo por fugas invisibles, tuberías envejecidas y redes que el tiempo ha carcomido sin prisa, pero sin pausa. Es decir, 285 millones de litros de agua se pierden cada día antes de llegar a los hogares.Lo dijo con crudeza Sergio Chan Lugo, quien dirigió la JAPAY hace algunos años: “Hoy día se pierde el 69 % del agua que producimos; sólo facturamos el 31 %”. Sus palabras, más que una estadística, son un retrato del abandono acumulado.Su relevo, el actual director, Francisco Torres Rivas, ha reconocido que el problema persiste: hay fugas con más de cuatro años de antigüedad y equipos que apenas comienzan a modernizarse.“Hemos avanzado bastante con los equipos para la reparación de fugas”, declaró, aunque admitió que todavía se reportan presiones bajas y tuberías colapsadas en distintas zonas de Mérida.En una región donde el agua parece no faltar, se disuelve silenciosamente la mitad de lo que tanto cuesta extraer, potabilizar y distribuir. Según la propia dependencia, cada yucateco consume en promedio 120 litros diarios, es decir, unos 43,800 litros por persona al año.Pero cuando las fugas se tragan dos tercios del volumen total, el esfuerzo técnico se vuelve absurdo y el costo, insostenible.El contraste duele: mientras el discurso oficial habla de inversión, modernización y eficiencia, el agua sigue escapando, gota a gota, bajo los pies de una ciudad que parece no escuchar su propio desagüe.En un día cualquiera, Mérida produce cerca de 491 millones de litros de agua, y más de la mitad desaparece sin utilidad, hundiéndose en la piedra caliza o perdiéndose entre conexiones clandestinas.El dato proviene de los reportes institucionales de JAPAY (2024–2025) y de medios locales como Por Esto! y Sumario Yucatán, que han seguido de cerca la preocupante diferencia entre lo producido y lo facturado.Esa agua perdida no es solo una cifra: es presupuesto público evaporado, energía malgastada y confianza social quebrada. Porque detrás de cada litro que no llega hay una responsabilidad compartida: la del ciudadano que derrocha, pero sobre todo la del gobierno que calla, posterga y administra la escasez con la apatía de quien no escucha los avisos del futuro.En otras latitudes, una pérdida de 10 a 15 % en la red es considerada alta. Aquí, se tolera que se vaya más del 60 % como si la península fuera un manantial inagotable. Pero no lo es. La naturaleza ha sido generosa, sí, pero la infraestructura humana —ese espejo de la voluntad política— ha sido indiferente.La paradoja es que Yucatán, tierra de cenotes y acuíferos profundos, se está quedando sin agua utilizable, no porque falte, sino porque se desperdicia. Y cada fuga no atendida, cada válvula vieja, cada tramo de tubería olvidado, es un recordatorio de la desidia acumulada.El agua es, más que un recurso, una relación moral con la vida. Cuando una ciudad deja escapar más de la mitad de lo que bebe, lo que realmente se está fugando es su conciencia. Navegación de entradasCecilia Patrón convoca a los meridanos a definir el futuro urbano de la ciudad Niñas, niños y jóvenes participan en jornada ecológica en el cenote Xi’ Im Há