Sentada en su silla de ruedas, con la mirada perdida y una pequeña bolsa a sus pies, doña Sara esperaba frente a una casa que no era la suya. Tiene 91 años. El sol de media mañana en Mérida caía implacable sobre ella, pero parecía no sentirlo. Había sido dejada ahí. Otra vez.

Eran las 10:30 de la mañana en la calle 83 del Centro cuando un hombre de 43 años notó la presencia de la señora. Al acercarse, se encontró con una realidad que heló el alma: la mujer, con voz suave y resignada, le dijo que su hija la había dejado frente a la casa de otra hija, que ninguna quería hacerse cargo de ella, y que no era la primera vez que la hacían “dar vueltas”.

El ciudadano llamó de inmediato al 9-1-1. Minutos después, una patrulla de la Secretaría de Seguridad Pública llegó al lugar. Los oficiales escucharon atentos. Mientras hablaban con doña Sara, se acercó su nieto, de 34 años. Sin reparo, informó que su madre no estaba en casa… y que él tampoco podía hacerse cargo.

Doña Sara no lloró. Con la entereza de quien ha tenido que resolver sola muchas veces, pidió ser llevada con su hermana Maurilia, en Oxholón, Umán. La única, dijo, que nunca le ha dado la espalda.

Los elementos de la SSP, con respeto y cuidado, la trasladaron. No soltó su bolso en todo el camino. Al llegar, su hermana —de 78 años— la recibió con un abrazo. No hubo reproches, solo amor.

El caso fue canalizado al área de Trabajo Social de la SSP y se notificó al Departamento de UNIPREV para su seguimiento.

La historia de doña Sara duele porque no es un caso aislado. Es un espejo de lo que ocurre en muchas casas, donde el envejecimiento se vuelve sinónimo de abandono, y el amor familiar se diluye en la indiferencia.

No hay olvido más cruel que el que viene de quienes deberían cuidar. Pero tampoco hay gesto más valioso que el que se brinda con humanidad, como lo hizo un ciudadano al detenerse… y como lo hizo Maurilia al abrir los brazos.

ACOM

Por Manuel Cauich Verde

Director del Informativo Al Interior en Vida nueva radio 101.9 de FM en Vida Nueva Radio