El estado de Yucatán enfrenta una crisis sanitaria y ambiental debido a la masiva contaminación por materia orgánica de origen humano y animal que se filtra diariamente al subsuelo. Según un reciente informe de investigación, cada mes se generan más de 10,444 toneladas de desechos humanos en todo el estado, equivalente al volumen de cuatro piscinas olímpicas, que en gran parte terminan contaminando el delicado acuífero subterráneo.

La población de Yucatán, que según el Censo del INEGI 2020 alcanzaba los 2,320,898 habitantes, produce individualmente un promedio de 150 gramos diarios de desechos orgánicos. Solo en Mérida, con casi un millón de residentes, se generan aproximadamente 4,478 toneladas mensuales de estos residuos, mientras que fraccionamientos en expansión como Ciudad Caucel (más de 48 mil habitantes) aportan unas 219 toneladas adicionales cada mes.

La situación se complica al sumar la contribución de las mascotas. En Yucatán, de acuerdo con números conservadores dados a conocer por diversas instancias, existe una población de aproximadamente 2.07 millones de animales domésticos, principalmente perros y gatos, cifra similar a la población humana. Estos animales generan alrededor de 21,150 toneladas mensuales de excremento, superando incluso la cantidad producida por humanos. Un perro mediano, por ejemplo, produce entre 300 y 600 gramos diarios de desechos, mientras un gato aporta aproximadamente 60 gramos.

Lo que convierte esta situación en especialmente alarmante es la naturaleza hidrogeológica única de la península. El territorio yucateco está conformado por roca caliza altamente soluble que ha creado un sistema kárstico caracterizado por fracturas, conductos de disolución, cenotes y suelos extremadamente delgados. Esta configuración hace que el acuífero subterráneo, principal fuente de agua dulce de la región, sea extremadamente vulnerable a la contaminación superficial.

El acuífero kárstico actúa más como un sistema de tuberías que como un filtro eficaz. Además, los contaminantes introducidos a través de sumideros, fosas sépticas con fugas o defecación al aire libre pueden viajar rápidamente por el subsuelo, cubriendo distancias considerables hasta descargar en cenotes y eventualmente en la zona costera, afectando también ecosistemas marinos.

Agravando esta situación está la deficiente infraestructura sanitaria. Según el PDU de Mérida, aproximadamente el 60% de las viviendas en Mérida dependen de sistemas individuales de disposición como fosas sépticas y, predominantemente, sumideros, que son esencialmente pozos que permiten la infiltración directa de residuos al subsuelo. Además, solo entre el 20% y 30% de estos sistemas reciben mantenimiento periódico adecuado, provocando saturación y mayor filtración de contaminantes al acuífero.

Las proyecciones para el futuro resultan aún más preocupantes. Para 2030, se estima que la población de Yucatán alcanzará los 2.77 millones de habitantes, lo que implicaría una generación mensual de aproximadamente 12,484 toneladas de desechos humanos, un aumento del 20% en apenas una década. Mirando más a largo plazo, para 2050 esta cifra podría elevarse a 17,836 toneladas mensuales, representando un incremento superior al 70% respecto a 2020.

Esta contaminación tiene serias implicaciones para la salud pública. Nadar en cenotes o aguas costeras con elevados niveles de contaminación orgánica representa un riesgo, aumentando la probabilidad de enfermedades gastrointestinales e infecciones cutáneas. Ecológicamente, el exceso de nutrientes proveniente de estos residuos puede provocar eutrofización, dañando gravemente ecosistemas sensibles como arrecifes de coral y praderas marinas.

Para comprender la magnitud del problema, si se suma el material orgánico generado en un mes se reuniera, podría llenar cuatro piscinas olímpicas completas, más el de las mascotas estaríamos hablando de que el volumen se triplicaría.

ACOM